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En mi conferencia traté de exponer los problemas del Tercer Mundo utilizando la terminología Abramovitz. Había elaborado lo que llamaba un “índice de calidad de las actividades económicas”, según el cual la gente o los países dedicados a actividades económicas con un índice más alto eran ricos, mientras que los que se dedican a actividades con un índice bajo serían pobres. Eran un intento de unir varios factores que suelen estar correlacionados. El índice explicaría por qué -a pesar de que ambos sectores cuenten con las mejoras prácticas a escala mundial- los productores más eficientes del mundo de pelotas de golf tienen un salario nominal alrededor de cuarenta veces mayor que el de los productores más eficientes de pelotas de béisbol. Con otras palabras, sólo se puede llegar a ser un país -o un idividuo- de elevada renta dedicándose a actividades de cierto tipo. “Ponerse a la altura” significaba subir en esa jerarquía de habilidades; “quedarse atrás” era caer más abajo.

Yo era muy consciente de que aquella propuesta era totalmente incompatible con la teoría económica estándar. Había debatido la idea con mi antiguo profesor de teoría del comercio internacional, Jaroslav Vanel, quien consideraba mi índice de calidad como una tercera dimensión en la representación gráfica tradicional de la teoría del comercio. La teoría del comercio de Ricardo, fundamento del orden económico mundial, se basa en el intercambio de horas de trabajo desprovisto de cualquier tipo de cualidad o habilidad, en actividades cualitativamente equivalentes en un mundo sin capital. La pretensión de introducir un índice de calidad de actividades económicas significaría algo así como llegar a un campeonato internacional de ajedrez con la intención de cambiar las reglas básicas del juego.

Como cabía esperar, los más jóvenes de la veintena de economistas presentes lanzaron una risotada ante la idea de clasificar las actividades económicas por su “calidad”. Pero por casualidad estaba sentado al lado de Abramovitz en torno a la mesa con forma de herradura, y cuando volví de la presentación y me senté me dijo: “Una idea muy buena”. Mi sorpresa fue tal que pensé que mi oído me había fallado, pero me lo repitió.

Conocer a Moses Abramovitz fue como entrar en contacto con una cultura académica algo anticuada y extremadamente generosa; siempre estaba dispuesto a compartir sus conocimientos, pródigo con su tiempo y sus consejos. A mi juicio, todas las experiencias pasadas de creación de riqueza -desde la Inglaterra de Enrique VII en 1845 hasta el lanzamiento del plan Marshall en 1947- habían demostrado que un país sólo se podía hacer rico si albergaba dentro de sus fronteras actividades económicas de cierto tipo. Tal como yo lo veía, el crecimiento económico, particularmente en sus primeras y frágiles etapas, “dependía de la actividad”, o por decirlo de otro modo, estaba íntimamente ligado a determinados tipos de actividades y estructuras económicas. En una carta fechada el 16 de agosto de 1996, Abramovitz me escribió, comentando uno de mis artículos: “Estoy de acuerdo con gran parte de lo que usted dice, en particular, en que el “resto” y el crecimiento en general dependen del sector industrial que se potencie”. A esto añadía que eso es algo que en la década de 1930 todos sabían. La dependencia del crecimiento económico con respecto a las actividades promovidas -que es la idea central de este libro- convierte a la teoría del comercio de Ricardo en una orientación política extremadamente peligrosa para los países pobres.

A lo largo de este libro he asociado el crecimiento económico y el desarrollo en general con los mecanismos del plan Marshall (potenciar actividades con rendimientos crecientes) y el subdesarrollo y la primitivización con los mecanismos opuestos del plan Morgenthau (eliminar las actividades con rendimientos crecientes). En 1945, cuando iba a ponerse en marcha el plan de desindustrializar la economía alemana del Secretario del Tesoro Henry Morgenthau, el propio Moses Abramovitz fungía como asesor económico del representante de Estados Unidos en la Comisión de Reparaciones de los Aliados. Un equipo encabezado por Abramovitz elaboró un informe argumentando que aquel plan destruiría la capacidad exportadora de Alemania, haciéndola incapaz de pagar importaciones esenciales como eran en aquel momento los alimentos, y generaría un desempleo masivo. Aquel memorándum predecía que el plan Morgenthau, de llevarse adelante, reduciría la renta media de la Alemania de posguerra hasta un nivel muy por debajo del miserable nivel de la Polonia de preguerra. Morgenthau se sintió ofendido y convocó una reunión del grupo. Después de que Abramovitz, como jefe del equipo, hubiera admitido su responsabilidad por las conclusiones, Morgenthau se retiró con un insoportable dolor de cabeza. En nuestros días, el Consenso de Washington ha dado lugar a un nuevo plan Morgenthau en la periferia del mundo, y es de nuevo hora de sustituirlo por un plan Marshall promoviendo actividades con rendimientos crecientes, como se hizo en 1947.

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cómo se crean países de rentas medias


 El padre de la economía neoclásica, Alfred Marshall, apunta correctamente al hecho de que los rendimientos decrecientes son “la causa de la mayoría de las migraciones de las que nos habla la historia”. Actualmente podemos precisar ligeramente esa afirmación y decir que las migraciones se dirigen desde las regiones en las que predominan las actividades con rendimientos decrecientes hacia aquellas en las que predominan actividades con rendimientos crecientes. En el primer libro de texto de la economía neoclásica (Principles of Economics, 1890), Marshall también esboza una prescripción política para esa situación: el Estado debería gravar con mayores impuestos las actividades económicas con rendimientos decrecientes (materias primas) y desgravar o pagar bonificaciones (subsidios) a las actividades económicas con rendimientos crecientes. Ésta ha sido la estrategia con la que se han creado países de renta media desde que Enrique VII subió al trono del empobrecido reino de Inglaterra y estableció tasas a la exportación de lana cruda a fin de subvencionar la fabricación de paño, y es también la consecuencia lógica de la Nueva Teoría del Comercio de Paul Krugman aparecida en la década de 1980, aunque él y sus colegas se abstuvieran de deducir recomendaciones políticas.

Los países de renta media se crean mediante ese tipo de política, que permite a los países pobres emular las estructuras económicas de los países ricos, fomentando actividades con explosiones de productividad como la del hilado del algodón. La clave consiste en lograr la diversidad y los rendimientos crecientes que dan lugar al “resto” sinérgico -aunque se alcance únicamente la estatura de un “campeón regional” y no “mundial”- que permite disponer de moneda extranjera. Durante mucho tiempo, la estrategia de desarrollo australiana se basó en un sector con rendimientos decrecientes (lana) como suministrador de divisas, pero la presencia de un sector industrial, aunque no fuera de nivel “mundial”, creó las explosiones de productividad necesarias y un equilibrio de poder entre empresarios y sindicatos que elevó el nivel medio de los salarios reales. Ésta fue también la estrategia de desarrollo que siguió durante el siglo XIX Estados Unidos, y parece seguir funcionando hoy día tan bien como entonces.

Como demostró en Europa el plan Marshall, los salarios, empleos, escuelas, puertos y hospitales creados en torno a un sector industrial con frecuencia relativamente ineficiente (comparado con el “campeón mundial”, en aquella época Estado Unidos) son muy reales, mientras el proceso mantenga su dinámica. En Europa, los aranceles y otras barreras fueron reduciéndose lentamente y se logró la integración. La Unión Europea siguió esa práctica gradual hasta el momento de la integración de España en 1986, asegurando así la salvación de las principales industrias españolas.

La escala es importante, y la expresión de Schumpeter “rendimientos crecientes históricos” describe útilmente la combinación del cambio tecnológico con los rendimientos crecientes que está en el núcleo del desarrollo económico; separable en teoría pero inseparable en la práctica. Ni la fábrica de automóviles de Ford ni el imperio Microsoft podrían existir en versiones reducidas susceptibles de estudio, por lo que es imposible saber qué parte de aumento de productividad se debe al cambio tecnológico y qué parte a la escala. La escala significa que el tamaño del mercado sí importa, y el núcleo de la pobreza reside en el círculo vicioso de la carencia de capacidad de compra y por consiguiente de demanda que impide escalar la producción. Como he mencionado anteriormente, el comercio entre países que se hallan aproximadamente al mismo nivel de desarrollo siempre es beneficioso. Debido a la enorme diversidad de producción que llega con el aumento de riqueza, los pequeños países ricos -como Suecia y Noruega- tienen mucho que venderse entre sí. A pesar de su mercado de sólo cuatro millones y medio de habitantes, Noruega es el tercer mercado de exportaciones para Suecia, no muy por detrás de Alemania y Estados Unidos. Éste es el tipo de relaciones comerciales que deberían crearse también entre los países actualmente pobres, pero con frecuencia tienen poco que venderse mutuamente. Del mismo modo que las negociaciones de la OMC, la integración ha sido como un tren que va en la dirección equivocada. Lo mejor que puede suceder a corto plazo es que se detenga.

En lugar de la integración regional, lo que vemos en Latinoamérica y África es justamente lo contrario. Como consecuencia de los acuerdos comerciales bilaterales con Estados Unidos, los países latinoamericanos más pequeños se están anquilosando en el extremo inferior de la jerarquía salarial mundial como economías de monocultivo, ya sea en materias primas o en callejones tecnológicos sin salida. La economía africana, escindida en una docena de distintos acuerdos comerciales y como consecuencia de la competencia entre la Unión Europea y Estados Unidos, se está desintegrando. En lugar de llegar a la necesaria integración regional, África está siendo socavada económicamente hoy día como lo fue políticamente por las potencias europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-1885. El resultado es lo que los africanos llaman descriptivamente “el cuenco del espagueti”; si se dibuja en un papel la pauta de las relaciones comerciales entre distintos países africanos presenta tantas líneas que parecen espaguetis entrelazados. En lugar de incrementar la integración regional, el comercio intercontinental está sustituyendo prematuramente al comercio regional: la Unión Europea presiona para que Egipto compre sus manzanas, sustituyendo al Líbano que ha sido el proveedor de Egipto desde hace siglos. La globalización orquestada por el Consenso de Washington golpea prematura y asimétricamente a un grupo de países especializados en ser pobres en la división mundial del trabajo. La “destrucción creativa” de Schumpeter se reparte ahora geográficamente, de forma que la creación y la destrucción tienen lugar en distintas partes del mundo: éste es el núcleo de la economía del desarrollo schumpeteriana.

Este libro señala varios factores y mecanismos que determinan la riqueza o la pobreza, más allá de aquellos factores que Abramovitz llamaba “inmediatos”, esto es, capital, trabajo o productividad total de los factores. He argumentado también que elementos obvios y esenciales del proceso -como la educación o las instituciones- no resuelven por sí mismos el problema. Los avances extremadamente concentrados y desiguales del progreso tecnológico a los que me he referido como “explosiones de productividad” generan “rendimientos crecientes históricos”, competencia dinámica imperfecta y enormes barreras a la entrada para los países atrasados. Los rendimientos crecientes y decrecientes crean los círculos virtuosos y viciosos descritos por los economistas clásicos del desarrollo, y la observación de Antonio Serra de que cuanto mayor es el número de profesiones diferentes más rica es la ciudad, sigue siendo válida todavía.

Ésos son los mecanismos que pueden sacar a un país de la pobreza o hundirlo aún más en ella, y hay que afrontarlos con políticas económicas adecuadas. Abramovitz se reería a todo ese conjunto de problemas como las “capacidades organizativas” de un país. El hecho de que los países pobres, en particular aquellos en los que la ausencia de rendimientos crecientes da lugar a un juego económico de suma cero, tengan también la menor capacidad organizativa es una parte importante del sistema de círculos viciosos entrelazados. En general, cuanto peor es la situación menos porbable es que los vientos del mercado soplen en una dirección favorable.

Lo que he argumentado en este libro es que, atendiendo a la historia, la única forma de romper esos círculos viciosos es atacando el problema mediante un cambio en la propia estructura productiva. Esto requiere a veces medidas políticas muy serias, y el Tercer Mundo necesita recuperar el tipo de debate económico que dominó la Europa del siglo XIX desde Italia hasta Noruega. La cuestión no era si el continente debía seguir o no la vía inglesa a la industrialización -la respuesta era obviamente afirmativa- sino la división de responsabilidades entre el Estado y el sector privado en ese proceso.

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La igualdad de tratamiento y la libre competencia


 

La regla de la libre competencia supone una regla de tratamiento igual para la competencia y la libertad.


Esto supone una combinación de dos nociones de igualdad, la igualdad de trato y la igualdad de características.


Hay una famosa definición de justicia formulada por Perelman en los años 50, según él, desde el punto de vista formal, la justicia consiste en “tratar igual a los seres pertenecientes a la misma categoría”. Pero esta regla de justicia por sí misma es vacía, de manera que debe ir acompañada de algún criterio material que permita establecer cuándo dos seres pertenecen a la misma categoría y, en consecuencia, cuándo deben ser tratados de igual manera.


La respuesta, en su opinión, la encontramos en una serie de criterios, cada uno de los cuales define un tipo de sociedad e ideología.

Por ejemplo, “a cada uno lo mismo”, que vendría a ser el principio característico de una sociedad anarquista extrema; “a cada uno según lo atribuido por la ley”, que definiría una sociedad conservadora (que identifica la justicia con el derecho); “a cada uno según su rango”, que se correspondería con una sociedad de tipo esclavista o estamental; “a cada uno según sus méritos y capacidad”, que vendría a ser el principio inspirador de las sociedades capitalistas basadas en la “libre competencia” económica; “a cada uno según su trabajo”, que sería el principio de justicia de la sociedad socialista; y “a cada uno según sus necesidades”, que es la noción de justicia de las sociedades comunistas y que puede encontrarse formulada tanto en la obra de Marx como en algunos pasajes evangélicos.


Puesto que no estamos en una sociedad de base estamental nos regimos por principios igualitarios de capacidad y mérito y ello es lo que hace que se produzca una justicia distributiva, teniendo en cuenta el mérito, el valor, el rango, etcétera, de manera que el trato entre uno y otro de esos ciudadanos puede ser igual o desigual.


Pero lo que es importante comprender aquí es que la libertad se produce en ese tratamiento de la igualdad de las características, y que son principios el de la libertad y el de la igualdad que casi siempre en los códigos éticos y jurídicos van unidos.


Y frente a la libertad negativa, llamada así pues la obligación de los no titulares de la libertad, incluido el Estado, consiste en no hacer, en no intervenir en ciertas esferas de actuación de los individuos (o de los grupos) se presenta otra noción de libertad, la de libertad positiva o política, que es aquella precisamente que actúa frente a las prácticas que restringen la competencia.



El Estado sólo deberá intervenir, excepcionalmente, para reprimir comportamientos de otros miembros de la sociedad que vayan contra el ejercicio de tales libertades, y viene a cumplir así una doble función: garantista con respecto a los titulares de las libertades, y represiva en relación con aquellos que pudieran pretender impedir tal ejercicio.

Bueno aquí os dejo un poco de “teoría general del derecho”, si me lo permitís, que nunca viene mal.


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La ley de incompatiblidades, el principio de actuación administrativa, los principios de objetividad, imparcialidad y el interés general.


 


 

Existe un principio de actuación administrativa y de funcionamiento de los servicios que debe obedecer al interés general y a la eficacia pública. Estos servicios las administraciones los organizan mediante contratos administrativos o mediante el procedimiento de la concesión administrativa. Y también existe en la función pública otro concepto muy importante que es el de “responsabilidad” administrativa que debe velar por el correcto funcionamiento de la administración. Normalmente las formalidades y el procedimiento para la adjudicación de los servicios está regulado por el control y el poder organizativo de la administración, debiéndose respetar los méritos y los requisitos de oportunidad y de la opción más ventajosa para su realización.


 

El respeto del procedimiento administrativo obedece a la línea finalista y ética de conducta administrativa y al fin del servicio general y del bien común, (“La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales”, art. 103, 1 de la Constitución).


 

El apartamiento de la legalidad y del procedimiento de esta línea ética hace que se produzca una desviación del fin y una desviación de poder, que serían alteraciones administrativas irregulares en el comportamiento de los sujetos o en el cauce administrativo.


 

Es cierto que todos esto conceptos que señala la ley, el interes común, el servicio general, son conceptos jurídicos indeterminados y que la administración puede detentar sobre ellos un amplio poder discrecional, esta discrecionalidad del poder adminsitrativo, a pesar de ello está sujeta a responsabilidad frente a la actuación pública. Siempre que nos apartamos del ejercicio correcto de la discrecionalidad entramos en el pantanoso concepto de la “arbitrariedad” de los poderes púbicos.


 

Este concepto de discrecionalidad se contrapone al de arbitrariedad y son los elementos de “moralidad” y “finalidad ética” los que definen esa línea de actuación procedimental discrecional.


 

Dicha potestad recae además sobre el efectivo control de los tribunales y el propio poder de la administración de revisión de los actos propios, de fomra que la impunidad de poder por su exceso debe quedar controlada por las garantías de control jurisdiccionales arbitradas y por el sistema de las libertades democráticas.


 

Pero es muy importante agotar todas las garantías propias de revisión administrativa y por ello también que se estimule en definitva lo que sería la lucha contra las inmunidades del poder por los órganos jurisdiccionales. El control judicial de la discrecionalidad del poder no es por ello una negación del ámbito propio de los poderes de mando y ni siquiera se ordena a una reducción o limitación del mismo, sino que trata de imponer en sus decisiones el respeto de los valores jurídicos sustanciales.


 

El interés público, el fin del servicio, las “mejores condiciones de competencia o garantía” y la ética administrativa, y la legalidad, así como las garantías del procedimiento de información públicas son técnicas determinantes del control discrecional administrativo para la validez de los actos administrativos. Y este principio de discrecionalidad obedece en sí al carácter expansivo del principio de administración.


 

Se pronuncia de tal modo una sentencia:


 

El problema de las incompatibilidades de los funcionarios públicos es un extremo candente y vidrioso y uno de aquéllos en que a los criterios propiamente jurídicos se superponen valoraciones de carácter ético e incluso político.

La incompatibilidad tiene la finalidad de asegurar un determinado nivel de la ética profesional, revistiendo al funcionario de un halo de prestigio y decoro que lleve confianza a los administrados, de que los intereses públicos no serán desvalorizados en beneficio de los intereses particulares del funcionario o de sus clientes, prestigio y decoro que pueden quedar perjudicados no sólo cuando el funcionario interviene como tal en un asunto que se le ha encomendado como profesional privado, sino incluso cuando sin tener intervención funcionarial directa, ésta se verifica en el centro orgánico o Ministerio donde presta sus servicios” STS. Co.780202/565


 

Y esta otra sentencia:


 


 

La ratio propia de la incompatibilidad respecto de la función pública por la sencilla razón de que el específico interés público en esta situación falta a aquélla, apareciendo en su lugar otros intereses propios de las profesiones, tales la ética y dignidad profesional... también el peligro de menoscabo o desdoro en el concepto público de la ética y de dignidad profesional con trascendencia lesiva a la profesión corporativamente considerada, la prudente medida de separar e incomunicar una y otra actividad mediante la razonable incompatibilidad...

...ese “corporativismo” peyorativamente esgrimido ya que la invocación de tal vicio merece sino ideas tan caras a la persona como son la ética, la rectitud y la honradez; la auténtica y justa finalidad de la misma es lisa y llanamente procurar la limpia, clara y transparente actividad de unos y otros profesionales, -Gestores administrativos y Abogados-, dentro del respectivo campo profesional, sin mezcla de actuaciones proclives al confusionismo”. STS Co. 841226/6724


 

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Por todo ello y debido a este fuerte carácter corporativo e institucional de las profesiones se estipula un orden o sistema de las incompatiblidades en el ejercicio de la profesión. Ello viene a establecer una delimitación entre el ámbito de la esfera privada y el ámbito público de actuación , de modo que los intereses que rigen para cada uno de dichos ámbitos no deben cruzarse, o al menos la particularidad con la que actúa el profesional y sus intereses privados no deben inmiscuirse en su actuación pública, y viceversa el interés público de la administración no debe mezclarse con el interés personal o particular de los profesionales en su actuación profesional y siempre que ellos trabajen dictando infórmenes o dictámenes ante órganos públicos deben hacerlo velando porque no se confundan estos intereses, y en tal caso siempre estarían supeditados al mayor interés de la función pública y del servicio y el interés general.


 

Pero estas condiciones de incompatibilidad de la profesión deben hallarse reguladas por la ley puesto que denegar la actuación profesional bajo condiciones genéricas o indeterminadas también podría ir en contra del principio de igualdad ante la Ley impidiendo el ejercicio legítimo de un derecho.

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La vocación por lo público y una definición del Derecho.-

La conexión (y la separación) necesaria entre el Derecho y la moral



 

A donde nos lleva la tesis separatista es a reconocer que existe una cierta discrepancia respecto a la forma de usar los términos “iusnaturalismo” y “positivismo jurídico”. A veces el iusnaturalismo se define únicamente a partir de la tesis de la no separación entre el Derecho y la moral (es lo que lleva a considerar como autores iusnaturalistas a Fuller o a Dworkin). Y entre las características definitorias del positivismo jurídico se incluye el escepticismo o no cognoscitivismo ético (lo que dejaría fuera, por ejemplo, a un autor como Hart). Ahora bien, puesto que -como ya sabemos- las definiciones son puramente convencionales y no parece que pueda darse una razón decisiva en favor de uno y otro uso lingüístico, quizás sea lo mejor abandonar esos rótulos, probablemente demasiado gastados y demasiado cargados emotivamente como para poder resultar de utilidad. Por lo demás, hoy parece existir una tendencia por parte de los autores que provienen de la tradición iusnaturalista a hablar más bien de “hermenéutica jurídica”, mientras que los herederos del positivismo jurídico tienden a usar rótulos como “positivismo crítico”, “positivismo inclusivo” y algunos otros.



 

Pues bien, si prescindimos de la cuestión terminológica, lo que queda es la necesidad de vincular el Derecho con la moral, si se quiere comprender (no sólo describir o explicar externamente) el funcionamiento de nuestros sistemas jurídicos y operar en ellos. El reconocimiento de una realidad como jurídica, como Derecho válido, no puede hacerse sin recurrir a la moral, puesto que la aceptación de la regla de reconocimiento del sistema (a diferencia de lo que opinaba Hart) implica necesariamente un juicio moral. Y los juicios morales son también necesarios para llevar a cabo operaciones de producir, aplicar e interpretar el Derecho. Además, una teoría del Derecho verdaderamente interesante, que pretenda servir para la práctica, no puede limitarse a describir el Derecho desde fuera, sino que tiene que asumir, al menos hasta cierto punto, una perspectiva interna o hermenéutica.



 

Por lo que se refiere a los Derechos de las sociedades democráticas avanzadas, la conexión entre el Derecho y la moral es tan estrecha que a veces tendríamos problemas para distinguir entre el discurso (a propósito, por ejemplo, del aborto, de la eutanasia o de la discriminación inversa) de un teórico de la moral, de un constitucionalista o de un juez al redactar el fundamento de Derecho en que pretende basar una determinada decisión. Esto es una consecuencia de la “moralización” de nuestros Derechos, esto es, del hecho de que los sistemas jurídicos se han positivizado (vía la Constitución) los principios de una moral universal que no pretende ser simplemente la moral social de un determinado grupo. La moral ha emigrado, pues, al interior de los Derechos, de manera que, en general, los conflictos morales que tiene que afrontar un jurista no son ya conflictos entre el Derecho y la moral, sino entre maneras distintas de interpretar los principios morales incorporados por el Derecho.



 

El peligro de esto último consiste sin duda en aproximar demasiado el Derecho a la moral, en pasar de la tesis de la unidad de la razón práctica (el reconocimiento de que las razones últimas de quien tiene que decidir una cuestión práctica son siempre razones morales) a la de la identificación entre el Derecho y la moral o la de considerar a la moral una parte del Derecho o al Derecho como una prolongación de la moral. Pero las cosas no son así. Como le gusta decir, de manera un poco burlona, a Javier Muguerza (1990), “la ética no es de este mundo”: o sea, la ética (no la moral social, sino la moral justificada, la moral crítica) no pertenece al mundo del ser, sino al del deber ser; no habla de lo que hay, sino de lo que no hay (y debería haber). Sin embargo, el Derecho sí que es de este mundo. Está afincado de manera firme en el mundo del ser, y eso hace que la noción de validez jurídica sea, en definitiva, distinta a la de validez moral y que la profesión de jurista suponga asumir un pragmatismo que le diferencia del ético. Así, una norma puede ser moralmente válida aunque carezca de toda eficacia; es más, la falta de eficacia acentúa en cierto modo su validez: la norma que obliga a ser solidario es tanto más válida cuanto menos solidaridad existe en el mundo. Pero esto no vale en relación con el Derecho. Puede haber un cierto número de normas que sean válidas sin ser eficaces pero, en términos generales, la eficacia es una condición para la validez: el Derecho no es sólo la pretensión de ordenar la conducta social, sino la ordenación efectiva de la misma.”



 

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Si se acepta una definición de iusnaturalismo como la reconocida, entonces no hay ninguna necesidad de ser iusnaturalista para reconocer que existe una conexión de tipo necesario o conceptual entre el Derecho y la moral. No hace falta por ello ni postular la existencia de un Derecho natural superior al Derecho positivo, ni tampoco el absolutismo moral, la tesis de que existen ciertos principios válidos para todos los tiempos y lugares y que no pueden ser discutidos, puesto que dimanan de la naturaleza. Lo que sí parece necesitarse es un mínimo de objetivismo moral o, dicho en forma negativa, no ser un relativista o un escéptico en materia axiológica. Si se aceptara que el mundo de los valores (de la moral) es el mundo de lo irracional o de lo no racional, entonces no podríamos dar cuenta de muchas de nuestras instituciones sociales y, en particular, de las jurídicas: la producción, interpretación y aplicación del Derecho tendrían que verse exclusivamente como actos de poder, como decisiones carentes de justificación. Para poner un solo ejemplo: si -como hemos visto- la motivación de una sentencia por parte de un juez incluye necesariamente juicios morales y éstos no fueran juicios estrictamente racionales, entonces no habría propiamente motivación -justificación-, sino simplemente imposición arbitraria de un poder, disimulada con falsas razones. Pues bien, aunque es cierto que la mayor parte de los positivistas jurídicos de siglo XX (pero no todos) han sido escépticos con respecto al discurso moral, esa característica no se ha incluido en la definición de positivismo jurídico, de manera que alguien podría seguir considerándose positivista y reconocer, sin embargo, que en cierto nivel existe una conexión necesaria entre el Derecho y la moral.

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Manuel Atienza, El sentido del Derecho, ed. Ariel, 2004, Barcelona, pp.111-114



 



 

Qué es el Derecho

Tomemos como ejemplo tres conceptos clásicos del Derecho. Uno es el de Tomás de Aquino y otros muchos autores (a los que suele denominarse iusnaturalistas) que definió el Derecho -la ley- como la ordenación de la razón encaminada al bien común. Otro es el caso de Hans Kelsen, el jurista más importante del siglo XX, defensor de una concepción positivista del Derecho (el positivismo jurídico se contrapone a las teorías del Derecho natural), para el cual el Derecho vendría a consistir esencialmente en un conjunto de normas coactivas. Y el tercer ejemplo es el concepto de Derecho de Marx, según el cual, el Derecho (y el Estado) es un instrumento de dominación de una case sobre otra, de unos grupos o individuos sobre otros. Pues bien, no parece desencaminado decir que mientras la definición de Kelsen podría verse como una contestación a la pregunta de cómo está estructurado el Derecho o de cuáles son los elementos que lo componen (las normas coactivas), la de Marx incidee en una cuestión distinta (su definición sería una respuesta a la pregunta de para qué sirve el Derecho), y la de Tomás de Aquino parecería contestar más bien a la pregunta de cómo debería ser el Derecho o de cuándo un Derecho es justo (cuando la ordenación de la conducta atiende al bien común.



 

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Manuel Atienza, El sentido del Derecho, ed. Ariel, 2004, Barcelona, pp.38-39

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Una cierta vocación por lo social y lo colectivo, por lo público mas que por lo privado, hace falta, y eso te hace luchar por lo que crees justo. Aquí no prima el Estado, no prima lo público, lo general, lo común. Prima lo privado, la normativa de las costumbres y los clanes, la tenaza. Lo que ha de ser de todos interesa a muy pocos. Lo ordenado al bien común. Y no incluyo a quienes nos gobiernan, esos no quieren saber nada, ni desinfectar el suelo o el terreno, una ley del silencio.



 

En un primer momento estudié los países pobres para entender las razones de su pobreza. Más adelante entendí que esa pobreza es su estado normal y que cuadra perfectamente con la percepción del mundo que tienen los economistas. Tradicionalmente se solía explicar la riqueza y la pobreza reconociendo que las diferentes actividades económicas eran cualitativamente distintas como portadoras de riqueza, perspectiva que se ha perdido en la teoría actualmente dominante, aunque la economía de los países pobres se ajusta mucho más a las condiciones supuestas en los textos estándar de economía que la de los países ricos. A este respecto se hace necesario introducir y explicar dos conjuntos de términos clave que describen las diferencias entre las actividades económicas que suelen predominar en los países pobres y las que predominan en los ricos: competencia “perfecta” e “imperfecta” y rendimientos “crecientes” y “decrecientes”.


 

La “competencia perfecta” o “competencia entre las mercancías” significa que el productor no puede influir sobre el precio de lo que produce, que se halla frente a un mercado “perfecto” y literalmente lee en los periódicos lo que el mercado está dispuesto a pagarle. Esta situación se encuentra típicamente en los mercados de productos agrícolas o mineros. Junto con la competencia perfecta se suele dar una situación caracterizada por “rendimientos decrecientes”: cuando la producción se expande, a partir de cierto punto, más unidades del mismo insumo -capital y/o trabajo- darán lugar a cantidades cada vez más pequeñas del producto en cuestión. Con otras palabras, empleando cada vez más tractores o más mano de obra en el mismo patatal, a partir de cierto punto cada nuevo labrador o cada nuevo tractor producirá menos que el anterior. En los textos estándar de economía se supone que la competencia perfecta y los retornos decrecientes constituyen el estado normal.


 

Cuando la producción industrial aumenta, los costes van en dirección opuesta, disminuyendo en lugar de crecer. Una vez que se ha establecido la producción mecanizada, cuanto mayor es el volumen de producción menor es el coste por unidad producida. La primera copia de un producto de software tiene un coste muy alto, pero las copias posteriores son muy baratas. La industria y los servicios no dependen de forma inmediata de insumos proporcionados por la naturaleza, ya sean campos, minas o caladeros limitados en cantidad o calidad. Sus costes decrecen -o gozan de rendimientos crecientes a escala- a medida que aumenta el volumen de la producción. Para las empresas industriales y proveedoras de servicios avanzados es muy importante contar con una gran cuota de mercado, porque ese mayor volumen también les supone costes de producción más bajos (debido a los rendimientos crecientes). Los rendimientos crecientes generan poder de mercado: permiten influir en buena medida sobre el precio del producto que se ofrece, lo que se denomina “competencia imperfecta”.


 

Es importante entender que esos cuatro conceptos están íntimamente relacionados. En general, los rendimientos crecientes van de la mano con la competencia imperfecta; de hecho, la caída de coste unitario favorece el poder de mercado en condiciones de competencia imperfecta. Los rendimientos decrecientes -la imposibilidad de ampliar la producción (más allá de cierto límite) con menor coste unitario-, y la dificultad para diferenciar el producto (el trigo es trigo, mientras que las marcas de coche son muy diversas) son elementos clave para generar una competencia perfecta en la producción de materias primas. Las exportaciones de los países ricos contienen los “buenos” efectos -rendimientos crecientes y competencia imperfecta-, mientras que las exportaciones tradicionales de los países pobres contienen o contrario, los efectos “malos”.


 

Durante siglos el término “industria” se ha identificado con la combinación del cambio tecnológico, los rendimientos crecientes y la competencia imperfecta; al promover la industria, las naciones retenían los “buenos” efectos de las correspondientes actividades económicas. En mi opinión, ésa ha sido la pauta del éxito iniciado en Inglaterra durante el reinado de Enrique VII, pasando por la industrialización de la Europa continental y de Estados Unidos, hasta los éxitos más recientes de Corea del Sur y Taiwán. Durante las últimas décadas, no obstante, se han multiplicado los servicios que operan con un rápido cambio tecnológico y rendimientos crecientes, con lo que la distinción entre la industria y los servicios se ha difuminado. Al mismo tiempo ciertos productos industriales fabricados a gran escala han adquirido muchos de los atributos que solían caracterizar a los productos agrícolas (aunque no los rendimientos decrecientes).


 

Los países ricos muestran una competencia imperfecta generalizada, actividades con rendimientos crecientes, y como fui entendiendo paulatinamente, todos ellos se han hecho ricos exactamente del mismo modo, mediante medidas políticas que los apartaban de la producción de materias primas y las actividades con rendimientos decrecientes, hacia la industria, donde suelen operar leyes opuestas. También descubrí que los términos clave parecían haber cambiado de significado con el tiempo. Hace unos trecientos años el economista inglés John Cary (1649-1720) recomendaba el “libre comercio”, pero al mismo tiempo estaba tan indignado por la exportación de la lana cruda al extranjero que él y sus contemporáneos debatieron la posible “condena de muerte” de los comerciantes dedicados a ese negocio. El “libre comercio” significaba entonces la ausencia de monopolios, no la ausencia de aranceles, y fue el “culto a la industria” de Cary el que asentó los fundamentos de la riqueza europea.


 

Me fue quedando cada vez más claro que los mecanismos de la riqueza y de la pobreza se habían entendido mucho mejor en otros periodos históricos que hoy día. En mi tesis doctoral de 1980 intenté contrastar la validez de la teoría del desarrollo y el subdesarrollo de Antonio Serra en el siglo XVI. Serra es un personaje muy importante en este estudio porque fue el primer economista que publicó una teoría del desarrollo desigual en su Breve trattato delle cause che possono far abbondare li regni d'oro e d'argento dove non sono miniere (Breve tratado de las causas que pueden hacer abundar el oro y la plata en los reinos que no poseen minas). Se sabe muy poco de su vida, aparte del hecho de que era jurista y escribió ese libro mientras sufría una pena de cárcel en Nápoles, su ciudad natal. En él trató de explicar por qué Nápoles seguía siendo tan pobre a pesar de sus abundantes recursos naturales, mientras Venecia, construida precariamente en un pantano, era el mismísimo centro de la economía mundial de la época. La clave, argumentaba, era que los venecianos, que no podrían cultivar la tierra como los napolitanos, se habían visto obligados a establecer industrias para ganarse la vida, aprovechando los rendimientos crecientes a escala de las actividades industriales. En opinión de Serra la clave para el desarrollo económico era contar con un gran número de actividades económicas diferentes, todas ellas con rendimientos crecientes a escala de las actividades industriales. En opinión de Serra la clave para el desarrollo económico era contar con un gran número de actividades económicas diferentes, todas ellas con rendimientos crecientes y costes decrecientes con la escala. Paradójicamente, ser pobre en recursos naturales podía ser una clave para hacerse rico.


 

Tomando como casos de estudio los países andinos de Sudamérica, descubrí que el desarrollo de Bolivia, Ecuador y Perú correspondía a las afirmaciones de Serra sobre los mecanismos en cuestión. A finales de la década de 1970 comencé a recopilar el material genético de la teoría y la práctica del crecimiento económico desigual durante los últimos siglos en forma de libros, folletos y revistas. A pesar de que muchos de los mecanismos que han dado lugar a la riqueza y la pobreza desde aquella época.


 

Reinicié mi investigación en 1991, inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, el acontecimiento que Francis Fukuyama veía como “el Fin de la Historia”. Las economías centralmente planificadas habían fracasado y se daba por sentado que el libre comercio y la economía de mercado harían igualmente ricos a todos los países del mundo. Se puede entender mejor cómo se desarrollaría esta lógica del “Fin de la Historia” a la luz de la Percepción de la Guerra Fría que ganó preeminencia entre los economistas occidentales. La Guerra Fría soterró no sólo las cuestiones teóricas que hasta entonces se consideraban importantes, sino también ejes y fronteras de acuerdo y desacuerdo del pasado. Cuestiones que en otro tiempo se consideraban claves para la comprensión del desarrollo desigual se habían desvanecido sin dejar huella en nuestro discurso contemporáneo.


 

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La economía estándar acostumbra muy a menudo a la gente a ver el mundo a través de ciertas lentes metodológicas y matemáticas que dejan importantes puntos ciegos; el planteamiento histórico, en cambio, se basa en la acumulación de datos cuya relevancia sirve como único criterio válido para su inclusión. Este libro analiza la globalización siguiendo la metodología del “estudio de casos” de la Escuela Empresarial de Harvard, pero con el objetivo de maximizar los salarios reales en lugar de los beneficios. Un documento de la Escuela empresarial de Harvard define así la curiosidad que impulsa una buena investigación: “Tras una continua observación, estudio y reflexión, tropiezas con algo y piensas “No lo entiendo. Ente la teoría existente y mi observación de la realidad hay algún desacuerdo. No cuadran. Ceo que es importante y una de dos, o me equivoco o son ellos los que se han equivocado. Quiero descubrirlo”.


 

Esta forma de proceder es muy distinta a la de los textos estándar de economía, cuya investigación se ve limitada por los instrumentos disponibles y las hipótesis de partida, y que sigue la vía de la menor resistencia matemática y no la de la mayor relevancia práctica.


 

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Me referiré conjuntamente como “el Otro Canon” a la economía alternativa basada en la experiencia, metodología todavía empleada en la Escuela Empresarial de Harvard. Se trata de un concepto con el que se pretende unir enfoques y teorías económicas que emplean hechos observables, experiencias y lecciones extraídas de ellas como punto de partida para la teorización sobre la economía.


 

Desde finales del siglo XV sólo el tipo de economía del Otro Canon -con sus insistencia en que existen actividades económicas cualitativamente diferentes com portadoras del crecimiento económico- ha podido sacar de la pobreza a un país tras otro. Una vez alcanzado el crecimiento económico, los países hegemónicos han ido pasando sucesivamente de la economía basada en la metáfora de la biología a la economía basada en la física, tal como hicieron Inglaterra a finales del siglo XVIII y Estados Unidos a mediados de siglo XX. Para entender cómo funcionaba su política y por qué tuvieron éxito esas naciones habrá que explorar con cierto detalle el Otro Canon.


 

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El economista italiano Antonio Genovesi (1712-1769) realizó una observación similar en el siglo XVIII, señalando que las naciones más ricas imponen en general más restricciones al comercio de lo que profesa su ideología:


 

Hay quienes por libertad de comercio entienden dos cosas: una libertad absoluta para que los fabricantes trabajen sin regulaciones en cuanto a medidas, pesos, formas, colores, etc., y una libertad igualmente absoluta para que los comerciantes transporten, exporten e importen cuanto deseen, sin ninguna restricción, sin tasas, sin aranceles, sin aduanas... Pero esta libertad, excepto entre los visitantes aventureros de la Luna, no existe ningún país de la Tierra, y donde menos se hallará es en las naciones que mejor entienden el comercio.”


 

Así pues, históricamente, el libre comercio global ha sido siempre una quimera, y los países que menos se adhirieron a él durante los momentos cruciales de su desarrollo se han convertido en las economías con más éxito del planeta. Actualmente se suele argumentar que la riqueza está estrechamente relacionada con el grado de “apertura” de las distintas economías, pero eso es como comparar los ingresos de la gente que todavía acude a la universidad con los de quienes ya se han graduado y están en el mercado de trabajo, para concluir que la educación no es nada rentable puesto que los estudiantes universitarios tienen ingresos más bajos. Todos los países actualmente ricos pasaron obligatoriamente por un periodo de protección del sector industrial, cuya función educativa pone de relieve el término “aranceles educativos” (Erziehungszoll, oppfostringstoll) utilizado en las lenguas germánicas. El término inglés solía ser “infant industry protection” (protección de la industria infantil), que era algo que prácticamente todos entendían como necesario. Comparar los países que han pasado por esa fase con los que no lo han hecho es simplemente estúpido.


 

La abismal distancia entre retórica y realidad se hace aún más embarazosa cuando los mismo teóricos hacen uso de teorías diferentes según cuál sea el objetivo. Los problemas de lugares muy lejanos se afrontan con principios esotéricos y abstractos; pero cuando los problemas a resolver son más cercanos se permite que entren en juego el sentido común, el pragmatismo y la experiencia. Adam Smith -cuya Riqueza de las Naciones apareció durante la revolución americana- aseguraba que Estados Unidos cometería un grave error si intentaba proteger su industria. Una razón relevante para la lucha por la independencia de las colonias americanas en 1776 fue que, como han hecho siempre los amos coloniales, Inglaterra había prohibido en ellas la industria (excepto la fabricación del alquitrán y los mástiles que necesitaban los ingleses). Llama la atención que en el mismo libro (aunque en una sección diferente) Adam Smith declarara que sólo las naciones con una industria propia podrían ganar una guerra. Alexander Hamilton, el primer Secretario del Tesoro estadounidense, había leído a Adam Smith y fundamentó acertadamente la política industrial y comercial de Estados Unidos en la afirmación de éste, basada en la experiencia, de que sólo los países industriales ganan las guerras, y no en su proclamación teórica sobre el libre comercio.


 

Siguiendo la práctica inglesa más que su teoría, Estados Unidos protegió su sector industrial durante cerca de ciento cincuenta años. La teoría sobre la que descansa el orden económico actual asegura que el libre comercio llevará a una “nivelación del factor precio”, esto es, que los precios del trabajo y del capital tenderán a ser los mismos en todo el mundo. Pocos economistas les dirían a sus hijos que podrían comenzar su carrera fregando platos si en esa actividad gozaban de una “ventaja comparativa”, en lugar de estudiar una carrera de abogado o de médico, porque la nivelación del factor precio está a la vuelta de la esquina. Como ciudadano privados, los economistas perciben que la elección de una u otra actividad determinará en gran medida el nivel de vida de sus hijos, pero a nivel internacional esos mismos economistas son incapaces de mantener la misma opinión porque su caja de herramientas está sintonizada a un nivel de abstracción tan alto que no disponen prácticamente de instrumentos con los que distinguir cualitativamente entre distintas actividades económicas. A ese nivel, la teoría económica estándar “demuestra” que un país imaginario de chicos limpiabotas y friega platos conseguirá e mismo nivel de riqueza que un país cuya población está compuesta por abogados y agentes de bolsa, y el consejo de los economistas a los niños africanos se basa en un tipo de razonamiento totalmente diferente al que emplean cuando aconsejan a sus propios hijos. Como decía Thorstein Veblen sobre este tipo de problemas: el instinto de los economistas se ha visto contaminado por su educación.


 

La especialización de un país según su “ventaja comparativa” significa que se especializa en lo ques relativamente más eficiente comparado con otros países. El Apéndice muestra que esa teoría del comercio internacional posibilita que una nación goce de una “ventaja comparativa” en ser o seguir siendo pobre e ignorante. Esto sucede porque la teoría del comercio internacional que constituye la base del actual orden económico mundial se basa en el intercambio de determinadas horas de trabajo, en un sistema en el que la producción está ausente. La teoría ricardiana de comercio internacional que constituye la base del actual orden económico mundial se basa en el intercambio de determinadas horas de trabajo -desprovisto de características cualitativas- por otras tantas horas de trabajo -desprovisto de características cualitativas- por otras tantas horas de trabajo, en un sistema en e que la producción está ausente. La teoría ricardiana del comercio internacional equipara una hora de trabajo de la Edad de Piedra a una hora de trabajo en Silicon Valley, y a partir de ahí predice que la integración económica entre esos dos tipos de economía promoverá la armonía económica entre ellos y la igualación de los salarios.


 

En términos muy generales se pueden distinguir dos tipos principales de teorías económicas. Uno se basa en metáforas extraídas de la naturaleza, normalmente de la física. Ejemplos de esas metáforas son “la mano invisible” que mantiene a la Tierra en órbita alrededor del Sol (de finales del siglo XVIII) o la metáfora del equilibrio, basada en la Física tal como era en la década de 1880. Lo que en este libro suelo denominar “textos estándar” se basan en la metáfora del equilibrio, que los propios físicos abandonaron en la década de 1930. La correspondiente teoría se construye a partir de esa metáfora abstracta, y un “economista” es esencialmente alguien que analiza el mundo a través de las lentes e instrumentos proporcionados por esa metáfora. Ése es el tipo de teoría que la profesión aplica a la situación de los niños africanos.


 

El otro tipo de teoría económica se basa en la experiencia y se construye a partir de la práctica, apareciendo a menudo como medidas o programas de actuación concretos de los que acaba infiriéndose como teoría. La ciudad-Estado de Venecia practicó cierto tipo de política económica durante siglos, mucho antes de que el economista Antonio Serra codificara esa práctica en una teoría y explicara cómo funcionaba. De forma muy parecida, desde la Edad de Piedra la gente mascaba corteza de sauce para curar los dolores de cabeza, miles de años antes de que Bayer aislara el principio activo que aquélla contenía y lo denominara ácido salicílico (salix=sauce) inventando la aspirina. De igual modo, los marinos medievales en el Mediterráneo evitaban el escorbuto llevando consigo naranjas y limones siglos antes de que en 1929 se aislara la vitamina C o ácido ascórbico (a-scórbico=contra el escorbuto). Es perfectamente posible curar enfermedades, sean económicas o de otro tipo, simplemente extrayendo lecciones de la experiencia aun sin tener una comprensión total de los mecanismos en presencia.


 

Este tipo de teoría económica, menos abstracto, se suele basar en metáforas biológicas más que físicas. Desde la codificación del derecho romano hacia el año 400 de la era cristiana, si no desde antes, el cuerpo humano ha sido fuente de metáforas para las ciencias sociales, siendo quizá la más celebrada la del Leviatán de Thomas Hobbes (1651), tanto por sus análisis políticos como por su impresionante portada que muestra una encarnación del Estado formada literalmente por el conjunto de sus ciudadanos. Ese tipo de teoría se basa en una concepción cualitativa y totalizadora (holística) del “cuerpo” que se quiere estudiar y ofrece un tipo de comprensión en el que importantes elementos, como las sinergias entre partes distintas pero interdependientes, no se pueden reducir a números o símbolos. Charles Darwin (1809-1882) introdujo un nuevo tipo de metáfora biológica, en la que cambios sociales como las innovaciones se asocian a las mutaciones en la naturaleza. Aunque su némesis teórica, el naturalista francés Jean Baptiste Lamarck (1744-1829), era de la opinión de que los rasgos adquiridos pueden heredarse, sus dos enfoques se complementan notablemente al trasladarse del ámbito bioógico al económico. De hecho, la metáfora de Lamarck resulta muy adecuada a la economía, en la que el conocimiento y la experiencia se puedan acumular durante generaciones. Esa teoría basada en la experiencia, abierta a las sinergias y a los cambios, es la que emplean los economistas cuando, como individuos privados, pueden distinguir cualitativamente entre distintas actividades económicas y aconsejar en consecuencia a sus propios hijos que no se especialicen en la economía mundial basándose únicamente en su ventaja comparativa en fregar platos.


 

Todas esas metáforas tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Las metáforas muy abstractas de la física son poderosas en cuanto a la precisión de sus recomendaciones, asegurando que el libre comercio conducirá a la nivelación de los salarios entre los países ricos y los países pobres (nivelación del factor precio). Un problema clave es que la economía basada en la física es incapaz de captar diferencias cualitativas entre distintas actividades económicas, que acaban convirtiéndose en diferencias de ingresos muy notables. Los modelos abstractos basados en la física pierden tanto los elementos creativos aportados por el Renacimiento como las taxonomías que establecen un orden en la diversidad, que fue una contribución clave de la Ilustración. Sea cual seal el nivel de educación de un fregaplatos en un restaurante, su nivel salarial nunca llegará a alcanzar el de un ingeniero de alta tecnología. De no cambiar de profesión, los friega platos se han especializado en ser relativamente pobres en cualquier mercado laboral. Que las naciones también se puedan especializar en ser pobres es algo incomprensible para los economistas que trabajan con metáforas extraídas de la física, porque su teoría carece de instrumentos con los que distinguir cualitativamente entre distintas actividades económicas, y por eso mismo no acpetan que las naciones pobres deberían fomentar actividades económicas capaces de incrementar el nivel salarial general, como han hecho todos los países actualmente ricos. Los modelos basados en la física son también incapaces de atribuir la debida importancia a las novedades e innovaciones, ya que excluyen la posibilidad de que en el mundo pueda ocurrir algo cualitativamente nuevo. También pierden de vista las sinergias, vínculos y afectos sistemáticos que aglutinan economías y sociedades. La afirmación de Margaret Thatcher de que “no existe la sociedad, sólo los individuos” es una conclusión lógica y directa de los textos actuales de economía.


 

Francis Bacon (1561-1626) es una importante figura en la historia del pensamiento económico basado en la experiencia. Lo que lo impulsaba era lo que Veblen llamaba “curiosidad veleidosa”, un espíritu inquisitivo sin ambición de beneficio. Su muerte, en consonancia con su carácter, se debió a una neumonía contraída mientras verificaba el efecto de la congelación sobre la preservación de la carne saliendo en medio de una ventisca para rellenar de nieve unos pollos. Las reacciones frente a las teorías abstractas de David Ricardo -tanto la del reverendo Richard Jones en Inglaterra (1831) como la de John Rae en Estados Unidos (1834)- fueron esencialmente intentos de rebaconizar la economía. Sin embargo, esa economía basada en la experiencia se vale en general de metáforas biológicas, que son mucho menos precisas y no proporcionan el mismo tipo de respuestas claras. Las teorías basadas en la experiencia ponen de relieve compensaciones que raramente se aprecian en las teorías basadas en la física, que suelen proponer el mismo tipo de política económica (“de talla única”) sea cual sea el contexto. El libre comercio, por ejemplo, es absolutamente necesario en muchos contextos para crear riqueza, pero en otros ese mismo principio del libre comercio reducirá la riqueza de la nación. En consecuencia, como en la cita de Schumpeter que encabeza este capítulo, la economía nos permite elegir entre explicaciones

simples que no suelen ser verdaderamente pertinentes y explicaciones más complejas pero también más pertinentes.


 

El empleo del cuerpo humano como metáfora de la sociedad tiene la ventaja de poner de relieve las sinergias, interdependencias y complementariedades existentes en un sistema económico. A diferencia de las metáforas basadas en la física, capta también la idea de los seres humanos como entes dotados de un cerebro creativo como factor económico. Al fin y al cabo, la fuerza impulsora básica de la sociedad económica humana es lo que Friedrich Nietzsche llamaba “el capital del ingenio y la voluntad”: nuevos conocimientos, iniciativa empresarial y capacidad organizativa, privada y pública. La economía evolucionista moderna ha intentado recientemente recuperar esos elementos y aplicarlos a la política industrial en el Tercer Mundo, algo que con el tiempo puede dar lugar a un sustituto de los filósofos mundanos de Heilbroner.


 

Pero tampoco hay que exagerar las diferencias, ya que esos dos tipos de pensamiento económico son en muchos sentidos complementarios. Los necesitamos ambos, del mismo modo que necesitamos ambos pies para caminar, tal como expresó el economista británico Alfred Marshall (1842-1924) hace más de un siglo. La economía basada en la física nos ofrece una ilusión de orden en el caos que nos rodea, pero conviene ser consciente de que ese refugio se crea a expensas de renunciar a la comprensión de muchos aspectos cualitativos del mundo económico. Olvidar que los modelos basados en la física no son la misma realidad, puede llevar a graves errores. Un ejemplo es la manera en que se ha introducido la globalización en forma de terapia de choque. En lugar de la nivelación predicha del factor precio, muchos países experimentan ahora una polarización de ese factor en comparación con el resto del mundo. Los países ricos se hacen más ricos, mientras que muchos países pobres se hacen más pobres. Dado que en los modelos basados en la física esto no puede suceder, la comunidad mundial está tardando demasiado en emprender alguna acción capaz de corregir esa evolución indeseada. El problema es que los modelos basados en la física que han monopolizado prácticamente el discurso tienden a excluir precisamente los factores que crean riqueza, presentes en los países ricos pero no en los pobres: competencia imperfecta, innovaciones, sinergias entre distintos sectores económicos, economías de escala y alcance y las actividades económicas que potencian esos factores.


 

Irlanda aprende del pasado


 

Irlanda aprende del pasado


 

En juio de 1980 me vino a la mente el “despotismo ilustrado” de Wilhelm Roscher. Tras concluir mi tesis doctoral conseguí mi primer empleo en una firma estadounidense de consultoría, Telesis. Al principio de mi primer encargo me encontré, en compañía del director de Telesis, en la oficina del primer ministro irlandés Charles Haughey. Estábamos solos los tres. La tarea consistía en evaluar la política industrial irlandesa tras la segunda guerra mundial y hacer recomendaciones para el futuro, y debíamos informar directamente a la oficina de primer ministro.


 

Haughey, que era contable de profesión, había realizado la siguiente declaración a la nación irlandesa e 9 de enero de aquel mismo año:

Quiero hablarles esta noche sobre el estado de la nación y el panorama que debo presentarles no es, desgraciadamente, demasiado optimista. Las cifras que nos llegan nos muestran muy claramente algo, y es que en conjunto estamos viviendo muy por encima de nuestros medios. Hemos estado viviendo a un nivel que simplemente no es acorde con la cantidad de bienes y servicios que producimos. Para compensar la diferencia hemos venido contrayendo deudas enormes, a una velocidad que no puede continuar. Unas pocas cifras les dejarán esto muy claro, tenemos que reorganizar el gasto público y sólo podremos emprender aquellas cosas que nos podeamos permitir”.


 

Irlanda se había incorporado en 1973 a la Comunidad Europea, que le había concedido abundantes fondos para su sector agrícola; pero eso había creado un exceso de capacidad y había endeudado a los granjeros en un mercado muy difícil. Mi recuerdo de aquel encuentro es que Haughey tenía un proyecto: “Hay ahí fuera una nueva tecnología que se aproxima, y quiero su ayuda para que Irlanda se ponga a la vanguardia de esa tecnología”. Se refería a la tecnología de la información y pretendía emular a los países ricos, ponerse a su altura y seguir adelante con la nueva tecnología. Yo era el único economista del equipo, y le asesoramos siguiendo la línea del “análisis de negocios”.


 

Hoy día se le atribuye a Haughey el enorme éxito de la transformación de la economía irlandesa desde la década de 1980, basada en una pronta decisión de insertarse en la tecnología de la información. Al cabo de poco tiempo los salarios reales en Irlanda superaban a los de Inglaterra, la antigua metrópoli colonial. Con su visión y liderazgo, Haughey había desempeñado un papel análogo al de los déspotas ilustrados de la Europa del siglo XVIII.


 

Pasé en Dublín la mayor parte del año que siguió a mi encuentro inicial con Haughey, y además de mis lecturas en la biblioteca del Trinity College mis colegas irlandeses me informaron sobre el pasado industrial de la isla. A finales del siglo XVII Irlanda -entonces colonia británica- estaba a punto de ponerse a la vanguardia de la industria más importante de la época, la producción de paños de lana, gracias a la ayuda de un puñado de hábiles inmigrantes católicos del continente. Los productores ingleses de paño -que a su vez le estaban ganando la batalla a la industria lanera de Florencia- no podían permitirse perder su ventaja competitiva a manos de los irlandeses, y pidieron con éxito el rey inglés que prohibiera todas las exportaciones de paño desde Irlanda a partir de 1699.


 

Todavía no existía la teoría del comercio de Ricardo, así que todos sabían que matar el sector industrial y obligar a los irlandeses a enviar su lana cruda a Inglaterra equivalía a empobrecer el país. Tales prácticas eran normalmente defendidas aduciendo el hecho de que todas las potencias europeas hacían lo mismo en sus colonias. Ya me he referido al economista inglés John Cary, que al tiempo que defendía el libre comercio proponía “la pena de muerte para los que exportaron materias primas”, y ese mismo John Cary estaba empeñado en poner fin a la exportación irlandesa de tejidos de lana. Su argumentación se basaba en la metáfora económica habitual en su época, la del cuerpo humano. Afirmaba que Inglaterra era la cabeza del cuerpo de la Commonwealth, mientras que Irlanda era un miembro periférico, y naturalmente tenían que prevalecer los intereses de la cabeza. Esto provocó naturalmente un amargo resentimiento en Irlanda, donde el decano del Trinity College, John Hely-Hutchinson (1724-1794), escribió un libro explicando que las restricciones comerciales impuestas a Irlanda desde 1699 la habían reducido a la pobreza (The Commercial Restraints of Ireland Considered in a Series of Letters to a Noble Lord). El libro, publicado anónimamente, fue condenado a ser quemado por el verdugo por sus sediciosas doctrinas. Fue el último libro que sufrió ese destino en Inglaterra.


 

En Estados Unidos, durante el siglo XIX, los obreros inmigrantes irlandeses defendían encarnizadamente el “sistema industrial americano”, basado en una rigurosa protección que permitiera al país industrializarse. Recordaban que a Irlanda le habían robado su industria, y no querían que su nuevo país se viera sometido al mismo trato por Inglaterra (que protestó con vehemencia contra la industrialización estadounidense durante más de un siglo). Habría sido como prohibir a Silicon Valley exportar electrónica durante la década de 1990. En 1699 se le había impedido a Irlanda emular a Inglaterra; ahora, en 1989, el país se cobró su venganza ediante la adopción de una estrategia para conquistar la que se iba a convertir en la tecnología mundial dominante durante las décadas siguientes, esto es, la tecnología de información, y efectivamente se produjo una explosión productiva que catapultó los niveles salariales nacionales por encima de los de la antigua potencia colonial. Quizá esté atribuyendo demasiada importancia a este episodio, pero hay algo de épico en el contraste entre la prohibición a la Irlanda colonial en 1699 del uso de la tecnología más importante de la época -la producción de paños de lana- para la exportación, y su éxito tres siglos después en la tecnología más avanzada de nuestra época, la tecnología de la información.


 

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Erik Reinert, op. cit. pp.99

 

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Lo que España hizo mal


 

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Erik Reinert

 

Lo que España hizo mal


 

La afirmación de que la industria era la auténtica mina de oro se encuentra en distintas formas en toda Europa desde finales del siglo XVI hasta el XVIII. Después de Botero la encontramos en los escritos de Tommaso Campanella (1602) y Antonio Genovesi (en la década de 1750) en Italia, de Geronimo de Uztáriz en España (1724-1751) y de Anders Berch (1747), el primer profesor de economía fuera de Alemania, en Suecia: “Las auténticas minas de oro son las industrias manufactureras”.


 

En la economía anterior a Adam Smith la puesta en marcha de la industria se incluyó en la misión más amplia de civilizar la sociedad. El capitalismo se presentaba como un argumento para reprimir y contener las pasiones de la humanidad, para canalizar las energías de los seres humanos hacía algo creativo. El economista italiano Ferdinando Galiani (1728-1787) afirmó que “de la industria se puede esperar que cure los dos principales males de la humanidad, la superstición y la esclavitud”. Sobre este principio se basó la política económica europea, que fue industrializando uno tras otro los países de Europa durante un largo periodo. Construir la “civilización”, construir un sector industrial, y más tarde construir la democracia, se consideraban partes inseparables del mismo proceso. Esta “ortodoxia” fue mencionada también por el estadista y político francés Alexis de Tocqueville (1805-1859) en 1855: “No creo que se pueda mencionar a una sola nación industrial y comercial, desde los tirios hasta los florentinos e ingleses, que no haya sido también libre. De lo que se deduce que existe una estrecha y necesaria relación entre libertad e industria.”

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A finales del siglo XVI España que había contado con una considerable producción industrial, se había desindustrializado notoriamente.


 

Para los observadores de la época estaba claro que la enorme riqueza constituida por todo el oro y la plata que afluían a España volvía a salir de ella para acabar en lugares como Venecia y Holanda. Existen numerosos estudios de la gigantesca ola de inflación que se extendió a toda Europa desde el sur de España como un lento tsunami. Pero ¿por qué se dirigió todo ese flujo de oro y plata a áreas geográficas tan limitadas? ¿Qué era lo que distinguía a Venecia y Holanda, adonde fue a parar gran parte del oro y la plata españoles, del resto de Europa? La respuesta es que contaban con una industria extensa y diversificada, mientras que su agricultura era escasa. Por toda Europa se difundió la percepción de que las auténticas minas de oro no eran los filones americanos, sino la industria manufacturera. En la obra de Giovanni Botero hallamos la siguiente observación sobre la causa de la riqueza de las ciudades: “Tal es el poder de la industria que ninguna mina de oro o plata en Nueva España o Perú puede comparársele, y los impuestos obtenidos de las mercancías de Milán son más valiosos para el Rey Católico que las minas de Potosí y Jalisco. En Italia no hay minas importantes de oro o plata, y menos aún en el caso de Francia, pero ambos países son ricos en dinero y tesoros gracias a la industria”.


 

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Alrededor de 1550 muchos economistas españoles comenzaron a percibir lo que estaba sucediendo en su país y elaboraron buenos análisis y sabios consejos. Como señala el historiador estadounidense Earl Hamilton, experto en la economía española durante aquel periodo: “La historia registra pocos ejemplos de un diagnóstico tan preciso de las dolencias de una sociedad por un grupo de filósofos morales ni de un menosprecio tan absoluto por parte de unos estadistas supuestamente sensatos”. En 1558 el ministro español de Hacienda, Luis Ortiz, describía la situación en un memorando al rey Felipe II:


 

Con las materias primas de España y las Indias Occidentales -en particular seda, hierro y cochinilla-, que les cuestan sólo un florín, los extranjeros producen artículos acabados que vuelven a vender a España por entre diez y cien florines. España se ve de esa forma sometida a mayores humillaciones por parte del resto de Europa que las que ella misma impone a los indios. A cambio del oro y la plata los españoles ofrecen baratijas de mayor o menor valor; pero al volver a comprar sus propias materias primas a un precio exorbitante, se han convertido en el hazmerreír de toda Europa.”


 

La idea fundamental aquí -que un producto acabado puede costar entre diez y cien veces el precio de las materias primas que se precisan para producirlo- volvió a aparecer recurrentemente durante siglos en la literatura europea sobre política económica. Entre la materia prima y el producto acabado hay un multiplicador: un proceso industrial que exige y crea conocimiento, mecanización, tecnología, división del trabajo, rendimientos crecientes y -sobre todo- empleo para las masas de subempleados y desempleados que siempre caracteriza a los países pobres. Hoy día, los modelos económicos del Banco Mundial suponen que en los países subdesarrollados existe pleno empleo aunque en algunos lugares menos del veinte o treinta por 100 de la fuerza de trabajo tenga lo que llamamos un “empleo”. En otros tiempos la gente dedicada a la política económica reconocía la magnitud del desempleo, del subempleo y del vagabundeo mendicante, y entendía que el trabajo necesario para transformar la materia prima en productos acabados aumentaría la riqueza de las ciudades y las naciones. La cuestión principal, no obstante, era que las actividades económicas que surgen cuando se trata la materia prima para convertirla en productos acabados obedecen a leyes económicas distintas que la producción de materias primas. El “multiplicador de la industria” era la clave tanto para el progreso como para la libertad política.


 

Desde finales del siglo XV hasta después de la segunda guerra mundial el tema principal de la política económica -si no de la teoría económica- era por tanto lo que podemos llamar “el culto de la industria”, que llevaba a hablar de “plantar” industrias de la misma manera que uno “plantaría” especies útiles procedentes de otras tierras. A finales del siglo XV se crearon dos instituciones distintas pero con propósitos similares: la protección de los nuevos conocimientos mediante las patentes y la transferencia de esos conocimientos a nuevas áreas geográficas mediante la protección arancelaria.Ambas se basaban en el mismo tipo de pensamiento económico: la creación y difusión geográfica de nuevos conocimientos mediante la instigación de una competencia imperfecta. Una parte indispensable de ese proceso de desarrollo eran las instituciones que “alteran los precios” con respecto a lo que el mercado habría hecho abandonando a sus propias fuerzas: las patentes que creaban un monopolio temporal para nuevos inventos y los aranceles que distorsionaban los precios para los productos manufacturados y permitían que se establecieran nuevas tecnologías y nuevas industrias lejos del lugar donde fueron inventadas.


 

Esos inventos e innovaciones se crearon de una forma que los mercados, por sí solos, nunca habría podido reproducir. La política económica actual y las instituciones de Washintong defienden vigorosamente sólo una de esas instituciones -las patentes que crean flujos de renta cada vez mayores hacia los países más ricos- mientras que prohíben enérgicamente los instrumentos que permitirían la propagación geográfica de la competencia imperfecta en forma de nuevas industrias a otros países. Se acepta la protección de la competencia imperfecta en los países ricos, pero no en los pobres, y esto es lo que hemos denominado “duplicidad de hipótesis” de la teoría económica: en casa se utilizan teorías diferentes a las que se permiten en el Tercer Mundo, siguiendo la vieja pauta colonial. El juego del poder económico siempre da lugar a la misma regla de oro: el que tiene el dinero es el que hace las reglas.


 

A principios del siglo XVIII se concibió una regla empírica para la política económica en el comercio bilateral, que se difundió rápidamente por toda Europa. Cuando un país exportaba materias primas e importaba productos industriales, se consideraba que hacía un mal comercio. Cuando ese mismo país importaba materias primas y exportaba productos industriales hacía un buen comercio. Resulta particularmente interesante que cuando un país exportaba productos industriales a cambio de otros productos industriales, esto se consideraba un buen comercio para ambas partes. Utilizando una expresión empleada antiguamente por la UNCTAD, el comercio simétrico es bueno para ambas partes, y el comercio asimétrico no beneficia a los países pobres.


 

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Por eso los partidarios más entusiastas de la industrialización -y de la protección arancelaria- como Friedrich List también lo eran del libre comercio y la globalización, después de que todos los países se hubieran industrializado. Ya en la década de 1840 Friedrich List tenía una receta para una “buena globalización”: si el libre comercio se establecía después de que todos los países del mundo se hubieran industrializado, sería bueno para todos. Lo único en lo que estamos en desacuerdo es en el momento para adoptar el libre comercio y en la secuencia geográfica y estructural en la que tiene lugar el avance hacia el libre comercio.


 

Durante la reconstrucción de Europa tras la segunda guerra mundial todavía se dejaba sentir ese tipo de razonamiento económico. Después de la guerra la industria estadounidense era muy superior a la europea, pero nadie sugirió que Europa debía plegarse a su propia ventaja comparativa en la agricultura, sino que por el contrario se hizo cuanto se pudo para reindustrializarla con el plan Marshall, que consistía sustancialmente en hacerlo mediante la caja de herramientas tradicional, incluida la protección arancelaria de la industria. Una diferencia con siglos anteriores era que en la Europa posterior a la segunda guerra mundial también había que proteger la agricultura y la ganadería. Sin ebargo, es de vital importancia entender que la protección de la agricultura en el siglo XX se debía a razones totalmente diferentes a las de la protección de la industria. Para el desarrollo de una base industrial se establecía una protección ofesniva destinada a la industrialización y a elevar los salarios reales, mientras que la protección de la agricultura era defensiva y estaba destinada a evitar que la renta del sector agrícola cayera demasiado cuando el proteccionismo ofensivo hacía subir los salarios en los sectores no agrícolas de la economía. Con otras palabras, la protección de la industria que permite la creación de nuevos empleos y hace subir los salarios se basa en una lógica muy diferente a la de la protección del empleo agrícola frente a sus competidores más pobres. El primer tipo de proteccionismo eleva el nivel salarial en todo el país mediante las sinergias creadas, mientras que el segundo tipo ayuda únicamente a los agricultores y a las regiones donde domina la agricultura. La necesidad de esos dos tipos diferentes de proteccionismo sólo se entenderá plenamente cuando comprendamos las diferencias cualitativas entre la industria y la agricultura.


 

 


 La caja de herramientas de la emulación y el desarrollo económico


 

...the fundamental thing apply, as time goes by.

Sam, el pianista, en Casablanca.


 


 

  1. Observación de las sinergias de riqueza en torno a actividades con rendimientos crecientes y mecanización continua en general. Reconocimiento de que “vamos por un camino equivocado”. Designación, apoyo y protección consciente a esas actividades con rendimientos crecientes.

  2. Protección/patentes/monopolios temporales en determinadas actividades y áreas geográficas.

  3. Reconocimiento del desarrollo como un fenómeno de sinergia y en consecuencia de la necesidad de un sector industrial diversificado (“maximización de la división del trabajo”, Serra, 1613).

  4. Un sector industrial resuelve simultáneamente tres problemas endémicos del Tercer Mundo: aumento del producto interior bruto (PIB), aumento del empleo y resolución de los problemas en la balanza de pagos.

  5. Atraer extranjeros para trabajar en determinadas actividades (históricamente, las persecuciones religiosas han contribuido notablemente a este trasvase).

  6. Supresión relativa de la aristocracia terrateniente y otros grupos con intereses creados en la producción de materias primas (desde el rey Enrique VII en la década de 1480 hasta Corea e la de 1960). La fisiocracia, origen de la economía neoclásica actual, representó la rebelión de la clase terrateniente contra las medidas enumeradas en esta lista en la Francia prerrevolucionaria. La guerra civil americana fue un conflicto típico entre librecambistas y exportadores de materias primas (el Sur) por un lado y la clase industrializadora (el Norte) por otro. Los países pobres de hoy día son aquellos en cuyos conflictos políticos y guerras civiles ha vencido “el Sur”. Abrirse demasiado pronto al libre comercio convierte al “Sur” en vencedor político. La economía estándar y las condiciones impuestas por las instituciones de Washintong representan de hecho un apoyo incondicional al “Sur” en todos los países pobres.

  7. Reducción de impuestos para determinadas actividades.

  8. Créditos baratos para determinadas actividades.

  9. Subvenciones a la exportación para determinadas actividades.

  10. Fuerte apoyo al sector agrícola, a pesar de juzgarlo claramente incapaz de sacar por su cuenta al país de la pobreza.

  11. Atención al aprendizaje/educación (sistema de aprendizaje en el Reino Unido con Isabel I, La nueva Atlántida de Francis Bacon, academias científicas, tanto en Inglaterra como en el continente).

  12. Protección mediante patentes de conocimientos valiosos (Venecia desde la década de 1490).

  13. Elevados impuestos o prohibición de la exportación de materias primas a fin de encarecerlas para los países competidores (esto comenzó a finales del siglo XV con el rey Enrique VII, cuya política fue muy eficiente en cuanto al perjuicio ocasionado a la industria lanera de la Florencia de los Medici).


 

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 La emulación, estrategia económica que nace con Enrique VII de Inglaterra (1485)


 


 

Los economistas no dejaron de observar que las “islas de riqueza” europeas solían ser también islas en un sentido geográfico. La riqueza de una ciudad o nación parecía ser, paradójicamente, inversamente porporcional a sus riquezas naturales. Las áreas más importantes, como Holanda y Venecia, tenían pocas tierras cultivables, por lo que se habían visto obligadas a especializarse en la industria manufacturera y el comercio a distancia.


 

En Florencia, la ciudad-Estado más importante de Europa alejada del mar, los grandes terratenientes estuvieron privados de poder político durante siglos y al igua que en la ciudades-Estados costeras eran los intereses de los artesanos, fabricantes y comerciantes os que dominaban la vida de la ciudad y entendieron muy pronto los mecanismos básicos de la generación de riqueza o pobreza. Los terratenientes constituyeron durante siglos una amenaza constante para los florentinos como potenciales aliados de los enemigos del Estado. La decisión de mantenarlos al margen del poder tenía un propósito doble: asegurar la riqueza y el poder económico mediante el poder industrial y político. Para evitar la especulación y la eventual escasez de alimentos, se prohibió acapararlos fuera de los silos de almacenamiento de la ciudad. El poder económico y el patrocinio sirvieron para fomentar un florecimiento de las artes que distinguía a la sociedad florentina de su entorno feudal. Ese vínculo históricamente crucial entre la estructura política y la estructura económica -entre la democracia y una economía diversificada que ya no dependía exclusivamente de la agricultura y las materias primas- es otra lección olvidada hoy día cuando intentamos, con gran violencia y grandes gastos, establecer la democracia en países con estructuras económicas esencialmente feudales y precapitalistas.


 

A los países pobres de Europa les quedó pronto claro que había una importante relación entre la estructura productiva de las pocas ciudades-Estado pudientes y su riqueza. Las ciudades-Estado más ricas -Venecia y Amsterdam- tenían un poder de mercado dominante en tre áreas distintas: en términos económicos disfrutaban del tipo de renta al que nos hemos referido anteriormente, que permitía un aumento de los beneficios, de los salarios reales y de los ingresos sometidos a impuestos; en ambas existían sectores artesanales e industriales muy abundantes y diversificados: a principios del siglo XVI la manufactura representaba alrededor del 30 por 100 de todos los empleos en Holanda, mientras que en Venecia había 40.000 hombres empleados tan sólo en los astilleros (el arsenale); además, una y otra controlaban un importante mercado de determinada materia prima, la sal en Venecia y el pescado en Holanda (desde las primeras fases de desarrollo, cuando todavía era realtivamente pobre, Venecia se había esforzado duramente por mantener su posición dominante en el mercado de la sal; en cuanto a Holanda, la invención del arenque salado y encurtido a principios del siglo XIV le había permitido crear un enorme mercado bajo su control); en tercer lugar, ambas habían establecido un comercio a larga distancia muy rentable. La primera prosperidad en Europa se basaba así pues en tre tipos de renta, con un triple poder de mercado en actividades económicas notoriamente ausentes en países europeos más pobres: la industria, un cuasimonoplio de una importante materia prima y un comercio a distancia muy rentable. La riqueza se había creado y mantenido tras altas barreras para obstaculizar la entrada, constituidas por sus mayores conocimientos, la posesión de una gran variedad de actividades industriales que creaban sinergias sistemáticas, el poder de mercado, los bajos costes derivados de las innoavaciones y los rendimientos crecientes -tanto en determinadas industrias como a escala sistemática-, la enorme envergadura de sus operaciones y las economías de escala en el uso de la fuerza militar. A partir de 1485 Inglaterra emuló esa triple estructura de rentas que se había creado en ciudades-Estado europeas sin grandes recursos naturales. Mediante una intervención económica del Estado decisiva, Inglaterra creó su porpio triple sistema de rentas: industria, comercio a larga distancia y el cuasimonopolio de una materia prima, en su caso la lana. El éxito de Inglaterra conduciría finalmente a la decadencia de las ciudades-Estado y el auge de los Estados-nación: las sinergias descubiertas en las ciudades-Estado se extendieron a áreas geográficas más amplias. Ésta iba a ser la esencia del proyecto mercantilista en Europa.


 

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Retrocediendo por un momento a la teoría económica: antes de Adam Smith se solía suponer que el desarrollo económico se basaba en la búsqueda colectiva de rentas derivada de las sinergias establecidas entre rendimientos crecientes, innovaciones y división del trabajo, que se daba únicamente en las ciudades. Esto es lo contrario de la competencia perfecta postulada actualmente por los textos estándar de economía. Desde los escritos de Ricardo y en particular sus Principios de Economía Política e Impuestos, publicados en el apogeo de la industrialización de Ingaterra en 1817, la pauta es la misma: los países ricos mantienen pobres a los países pobres basándose en teorías que postulan la inexistencia de los mismo factores que dieron lugar a su propia riqueza. Como veremos, todos los países que se hicieron ricos después de 1485 lo hicieron desafiando las teorías económicas de Ricardo.


 

La primera política industrial deliberada de la historia a gran escala se basó en la observación de lo que había enriquecido a las áreas más ricas de Europa: que el desarrollo tecnológico en determinado campo y en una zona geográfica restringida podía extender la riqueza a toda la nación. El rey Enrique VII de Inglaterra, que llegó al poder en 1485, había pasado su infancia y juventud con una tía en Borgoña, lo que le permitió observar la gran riqueza existente en un área con una gran producción de tejidos de lana. Tanto la lana como el material utilizado para limpiarla (el silicato de aluminio) se importaban de Inglaterra. Cuando Enrique VII se hizo cargo de su pobre reino, que había vendido por adelantado la futura producción de lana durante varios años a banqueros italianos, recordó su adolescencia en el continente. En Borgoña no sólo los productores textiles, sino también otros artesanos y por supuesto los banqueros, vivían en la opulencia. Enrique concluyó que Inglaterra estaba siguiendo un camino equivocado, y decidió un plan paa convertir a Inglaterra en un país productor de tejidos acabados, en lugar de exportar su principal materia prima.


 

Enrique VII creó abundantes instrumentos de política económica. El primero y más importante eran las tasas a la exportación, que aseguraban que los productores extranjeros de tejidos tuvieran que procesar primas más caras que sus homólogos ingleses. A las fábricas de paño recién establecidas se les garantizó también una exención de impuestos temporal y se concedieron monopolios en ciertas áreas geográficas y durante ciertos periodos. También se incentivó la incorporación de artesanos y empresarios del extranjero, especialmente holandeses e italianos. A medida que crecía la capacidad de producción de paño también se elevaban las tasas a la exportación de lana cruda, hasta que Inglaterra tuvo suficiente capacidad como para procesar toda la lana que producía. Más tarde, unos cien años después, Isabel I decretó un embargo sobre todas las exportaciones de lana cruda desde Inglaterra. En el siglo XVIII Daniel Defoe y otros historiadores constataron la sabiduría de aquella decisión estratégica, a la que denominaron “plan Tudor” por los reyes y reinas de aquella familia. Como Venecia y Holanda, y por los mismos métodos, Inglaterra había adquirido la misma renta triple: un fuerte sector industrial, el monopolio de determinada materia prima (la lana), y el comercio a la rga distancia.


 

Varios historiadores ingleses señalan que el plan industrial de los Tudor fue el fundamento real de la posterior grandeza de Inglaterra. En el continente ese plan iba a tener importantes consecuencias. Florencia fue una de las ciudades-Estado más duramente golpeadas por la competencia inglesa. Los florentinos trataron de contrarrestarla comprando lana española y reconvirtiendo en parte la producción de paño en la de tejidos de seda, pero la política inglesa tuvo tanto éxito que la edad dorada de Florencia quedó atrás definitivamente.


 

Los productores de lana de Castilla eran los principales competidores de los ingleses como productores de la materia prima y en 1695 el economista inglés John Cary sugirió que Inglaterra debía comprar toda la lana española existente en el mercado para quemarla. Inglaterra no tenía capacidad suficiente para procesar aquella lana, pero su retirada del mercado reforzaría el poder de mercado inglés:


 

Podríamos promover un contrato con los españoles por toda (la lana) que tienen; y si se objeta que entonces tendríamos demasiada, mejor sería quemar el exceso a expensas del público (como hacen los holandeses con sus especias) que tenerla estorbando en el extranjero, algo que no podemos evitar de otra forma, ya que toda la lana europea se manufactura en algún lugar.”


 

La guerra comercial era en realidad una contienda por la capacidad de llevar a cabo las actividades que proporcionaban los beneficios y los salarios más altos y de las que se podían extraer más impuestos. Para todos los participantes estaba claro que la política comercial era, de hecho, “la guerra por otros medios”.


 

Durante varios siglos la política comercial europea se basó en el principio de maximizar los sectores industriales de cada país y al mismo tiempo tratar de perjudicar los de los vecinos. Como dijo el economista alemán Friedrich List en 1841: durante varios siglos la política económica de Inglaterra se basó en una regla muy siple: importación de materias primas y exportación de productos industriales. Para ser ricos, países, como Inglaterra y Francia tuvieron que emular las estructuras económicas de Venecia y Holanda, pero no necesariamente su política económica. Los países ya ricos podían permitirse una política muy diferente a la de los países todavía pobres. De hecho, una vez que un país se había industrializado sólidamente, los mismos factores que requerían una protección inicial -conseguir rendimientos crecientes y adquirir nuevas tecnologías- ahora requerían más mercados internacionales y más grandes para desarrollarse y prosperar. La protección industrial lleva consigo la semilla de su propia destrucción: cuando tiene éxito, la protección que se requirió inicialmente se hace contraproducente. Como decía un anónimo viajero italiano acerca de Holanda en 1786: “Los aranceles son tan útiles para introducir las artes (esto es, la industria) en un país, como dañinos son una vez que éstas se han establecido”. Ahí está la clave para entender como un proceso el establecimiento del libre comercio. Una vez más, esa enseñanza se ha olvidado en la teoría económica que actualmente se aplica en muchos países del mundo.


 

Los principios fundamentales de los instrumentos de política económica de Enrique VII han sido desde entonces ingredientes obligatorios de la política económica de todos los países que se han abierto una vía para salir de la pobreza y hacerse ricos. Las excepciones a esta egla son escasas. Una pequeña ciudad-Estado desprovista de recursos pero con un gran entorno, como Hong Kong, puede hacerse rica de la misma forma “natural” que lo hicieron Venecia y Holanda. Al estudiar los mecanismos internos de tales Estados queda claro en cualquier caso que el principio de creación de riqueza -desde el coste de una licencia de taxi hasta las enorme corporaciones de una ciudad como Hong Kong- no es una competencia perfecta, sino manipulación del mercado, esto es, el aprovechamiento de una competencia más imperfecta que perfecta.


 

El primer Secretario del Tesoro estadounidense, Alexander Hamilton, recreó con su Informe sobre las Manufacturas en Estados Unidos, de 1791, una caja de herramientas muy similar a la de Enrique VII. Los objetivos declarados de Hamilton eran los mismos: una mayor división del trabajo y un mayor sector industrial. La misma caja de herramientas se empleó en prácticamente todos los países de la Europa continental durante el siglo XIX, incluido mi propio país, Noruega, en la periferia europea. Las teorías del economista alemán Friedrich List -que vivió lo suficiente en Estados Unidos como para convertirse en ciudadano americano- fueron la principal inspiración para los países de Europa que siguieron la vía de la industrialización inglesa. Las obras de List fueron traducidas a muchas lenguas y a misma caja de herramientas “listiana” se utilizó en Japón desde la restauración Meiji en la década de 1870 y en Corea -un país más pobre que Tanzania en 1950- a partir de la década de 1960. Los países pobres son los que no han empleado esa caja de herramientas, o los que la han empleado durante un periodo demasiado corto y/o de una forma estática que ha impedido que la dinámica competitiva echara raíces. La comparación entre el proteccionismo “bueno” y el “malo” en en Apéndice VI pone de relieve las diferencias cualitativas entre distintas prácticas proteccionistas.


 

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